En recuerdo de Simó Busom (1927 – 2020)

03.03.2022 - 16.04.2022

Simó Busom (1927-2020) fue un personaje irrepetible y por ello ha dejado un gran vacío, al menos entre aquellos que tuvimos la suerte de ser amigos suyos. Digo personaje y no querría que se malinterpretase: alguien que rebosaba vivacidad, humor y conocimiento de manera infrecuente. He conocido pocos pintores con su pasión y conocimientos sobre arte. En este sentido, las conversaciones en su estudio de la plaça Reial eran una fuente de lecciones inagotable: Rembrandt, Jongkind, Cézanne, Bonnard, Rik Wouters o Soutine eran algunos de los nombres más recurrentes. Había viajado hasta lugares remotos en busca de un solo cuadro, pero no cabe decir que su ciudad preferida era Venecia: allí se encontraba en su propio elemento y parecía un veneciano más. Conocía todos los rincones pictóricos: sabia donde se encontraban las obras de Carpaccio, Bellini, Tiziano, Tintoretto, Veronese, Longhi, Guardi, Tiepolo o De Pisis y, cuando paseabas con él, todas las calles, puentes y monumentos le hablaban de tú a tú. En Venecia pintaba como un poseído, se emborrachaba de arte y se sentía pletórico. Allí pintó algunos de sus mejores oleos. En ciertos hoteles y restaurantes le llamaban ‘il maestro’ y todos se lo disputaban: unos días con él en la ciudad de los canales eran un regalo impagable.

Aunque pudiera no parecerlo, su pintura estaba repleta de esta inextricable pasión y conocimiento de la historia del arte: bajo una apariencia de espontaneidad y frescura postimpresionistas -la lección de artistas como Benet o Amat-, se escondía siempre una voluntad de estructura. El cuadro debía parecer una cosa, pero ser realmente otra. Pues encontramos la voluntad de conciliar sensación y pensamiento: de este modo, podemos decir orteguianamente que sus óleos se planeaban como ‘pensaciones’. Una obra a la vez sentida y pensada, tanto si se trataba de retratos como de interiores, vistas urbanas, paisajes o bodegones. Él quería apropiarse de un fragmento u otro de realidad para retornárnoslo dotado de una plena autonomía plástica: que la obra se aguante por ella misma y tenga vida propia. Esto tan difícil de conseguir lo podemos ver en este conjunto de obras que nos presenta Sala Parés, su galería de toda la vida que ahora le evoca un año después de habernos dejado.

                                                                                                                             Àlex SUSANNA

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