Joan Boy

Sant Feliu de Llobregat, 1961

Joan Boy, al que me llevó Juan Manuel Bonet, es el colmo del apartamiento y de la lejanía. Es el pintor —al que muy pocos conocen— de puros paisajes en los que los objetos naturales (si se puede decir así) son ya recreaciones estilizadas. Hay, entre los suyos, cielos y nubes, rojos atardeceres o mañanas azules de dos pequeñas nubes peregrinas, que al menos me recuerdan a las de Félix Vallotton, por decir alguien, o algún cuadro de Ozenfant, simple y escueto. “Con mi obra – ya me lo decía él en una carta – remito a una realidad recreada en el estudio. Los paisajes y las figuras son elementos de una ficción que se aparta deliberadamente del mundo exterior en el cual, al mismo tiempo, necesita reconocerse”. Y sí, también he visto algunos cuadros suyos que son tondos, con figuras. Todavía no sé por qué esas figuras desnudas y grises me llevan a la imagen de las almas que purgan su pena, tal y como las veo yo mientras leo la Commedia.

Y quién podría decir de la pintura de manera parecida a como dijo el Dante de la poesía: una «fictio rethorica in musica composita».

Enrique Andrés Ruíz, La pintura en los tiempos del Arte (2008).

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