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Leticia Feduchi

Los nidos vacíos
02.03.19 — 02.04.19
Maleta abierta, Óleo y carbón sobre tabla, 122 × 156 cm
Nido I, Óleo sobre tabla, 18,5 × 28 cm
Cerezas y plástico IV, Óleo y carbón sobre tabla, 35 × 35 cm
Peras de San Juan, Óleo y carbón sobre tabla, 13 × 122,5 cm
Sandía y periódico I, Óleo y carbón sobre tabla, 70 × 80 cm
Girasoles, Óleo y carbón sobre tabla, 80 × 80 cm
Mazorcas, Óleo sobre tabla, 40 × 70 cm
Manzanas verdes, Óleo y carbón sobre tabla, 35 × 50 cm
Maleta y botas, Óleo y carbón sobre tabla, 110 × 110 cm
Retrato II, Óleo sobre tabla, 32 × 25 cm
Mujer con florero, Óleo y carbón sobre tabla, 122 × 76 cm
La escalera, Óleo y carbón sobre tabla, 155 × 123 cm

Leticia Feduchi

Los nidos vacíos

Los nidos vacíos

Cuerpos que miran al vacío esperando algo, quizá que alguien, que alguna vez estuvo allí y que ya no está, regrese al fin de un largo viaje. Pero no pasa nada, nada sucede, y poco a poco, el tiempo sigue su curso. Los cuadros de Leticia Feduchi muestran este aspecto fundamental de la condición humana, una condición ambigua, nunca del todo situada en su mundo, una condición siempre en devenir. Vivimos siempre en despedida. Llegamos demasiado tarde y nos vamos demasiado pronto. No podemos eludir las ausencias, las pérdidas.

Recuerdo la primera vez que contemplé la obra de Leticia. Me llamaron poderosamente la atención dos colores puros que dominaban la escena, los dos colores básicos de su pintura: el amarillo y el azul. Pero no son colores que permanecen constantes, sino que fluyen, que se transforman, porque la pintura de Leticia vive en las transformaciones. El amarillo se convierte en naranja y termina siendo violeta, fundiéndose en azul. De repente, en ocasiones, irrumpe el rojo, al modo de un acontecimiento imprevisto que deja mudo al espectador. Una cierta inquietud que expresa el paso, el fluir del tiempo. Los papeles arrugados de periódicos envuelven una fresca sandía, la vida en todo su esplendor que, al mismo tiempo, está dolorosamente atravesada por los días y sus noches en constante devenir. Es cierto que, como decía el poeta, lo nuestro es pasar, por eso las pérdidas son ineludibles, por eso los cuerpos de mujer que pinta Leticia no pueden dejar de expresar la nostalgia. Pero no es una nostalgia trágica o derrotada, porque la esperanza sigue viva en esos cuerpos. Sus miradas muestran el vacío y la añoranza, es verdad; sin embargo, la vida sigue subiendo por una escalera, sigue a la búsqueda de un paraíso que nunca se alcanza, porque no hay plenitud en la existencia humana. Unas maletas están abiertas, quizá son de alguien que acaba de llegar de viaje, o quizá de aquél que se fue de pronto y sin avisar, apresuradamente, y que es probable que nunca regrese.

Y el tiempo transcurre, y esas hojas que han caído y que insinúan la inminente llegada de un tiempo de otoño, ¿quizá de invierno?,  acompañan a unos nidos que ya están vacíos. La condición humana es vulnerable. Los cuerpos, heridos por sucesos imprevisibles que llegaron sin avisar, que llegaron de repente, casi sin querer, no alcanzarán una vida plena. No estuvimos  entonces preparados para el sosiego, ni lo estaremos ahora. La condición espectral es insuperable. Los nidos continuarán estando vacíos.

 

Joan-Carles Mèlich

 

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Rosa Queralt hace referencia en un artículo reciente a la admiración de Leticia Feduchi por la poesía de Wislawa Szymborska y a la compenetración entre ambas autoras en cuanto a los valores de su creación…“desde un lenguaje inteligible, preciso y carente de énfasis al tono, el ritmo y la sensibilidad con la que abordan fragmentos de realidad ordinarias, sin olvidar un cuestionamiento permanente bajo el principio de la duda.”

La pintura de Feduchi se centra en pequeños objetos cotidianos, como frutos del campo o telas, aislándolos en una atmósfera de luz intensa –a veces natural-  y depurándolos para poner en evidencia los valores puramente pictóricos que emanan de su forma y de su color. El rigor y la meticulosidad de su técnica le permiten explorar las tonalidades, las texturas y, en definitiva, la luz que desprenden esos objetos.

Su trabajo parte de la duda y del cuestionamiento constante, de la reflexión y de la búsqueda de respuestas, un proceso estrechamente relacionado con el mundo de la literatura y especialmente de la poesía. En la obra de Feduchi conviven perfectamente el realismo y contemporaneidad.

Bisnieta de pintor Blas Benlliure, Leticia Feduchi reconoce a Francesc Artigau y Antonio López como sus grandes maestros. Fundamenta su trabajo en la pintura clásica y siente una gran fascinación por Velázquez o Caravaggio. Sus obras giran entorno a un tema tan clásico como la caducidad de las cosas y la fugacidad del tiempo.Sin embargo, lo trata desde una perspectiva contemporánea y es plenamente consciente de que no existe una incompatibilidad entre su admiración por los grandes clásicos y la modernidad.

Estudia pintura en la Escuela Eina de Barcelona. Realiza el curso de pintura del Istitutoper l’Art i il Restauro de Florencia. En 1983 estudia un curso de pintura con Antonio López en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Hace un curso de dibujo en la Academia de Amadeo Roca de Madrid.Se le concede una beca de pintura de la Fundación Privada Güell en el año 1984.

 

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