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Garikoitz Cuevas

Cielo Mutante
07.02.19 — 26.03.19
Migración nocturna , Mixta sobre tela, 130 × 150 cm
Estudio de Garikoitz Cuevas en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz
Estudio de Garikoitz Cuevas en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz
Cielo para pobres, Mixta sobre tela, 115 × 161 cm
Ausencia de la casa, Mixta sobre tela, 170 × 120 cm
Dioses menores, Mixta sobre tela, 100 × 120 cm
Haciendo cumbre, Mixta sobre tela, 70 × 65 cm

Garikoitz Cuevas

Cielo Mutante

Pablo Gutiérrez

 

Ocurrió hace apenas unos días. Había soplado viento del norte durante toda la semana y volvíamos conduciendo por la carretera de Lebrija, los niños dormidos en los asientos de detrás. La radio estaba apagada, mi mujer y yo hablábamos de cualquier cosa vagamente innecesaria. Había sido un día muy largo y mirábamos con envidia a los pequeños por el retrovisor, la placidez con la que se rinden y se abandonan. La luz se fugaba. El camino se dirigía hacia poniente y el sol recién se había puesto sobre el horizonte, y entonces bajamos una vaguada y descubrimos el cielo.

Un cielo ancho y pesado, un cielo que cayó sobre nosotros con peso atmosférico, un cielo geológico formado por diferentes estratos: el último rastro amarillento sobre la línea de la tierra, los rojizos, dorados, bronces y celestes en el crepúsculo, y en el lado opuesto, a la izquierda de la carretera, la oscuridad de la noche que se aproxima desde los montes de la sierra. Quizá no era el cielo sino diferentes cielos, cielos orbitales sobre el mismo planeta, y es posible que hubiera diferentes soles y lunas, cada uno con una identidad y un significado distinto, como en una fantasía cinematógráfica.

De alguna manera, y a pesar de la carretera, de los campos cultivados y del destello de los coches que venían en el curso contrario, todo resultaba iniciático y primitivo. Hace mil años la caída del sol desprendería los mismos colores después del barrido del viento del norte, e igual ocurriría hace dos mil años, y hace cinco mil, y veinte mil y cien mil más. No éramos más que un accidente insignificante, una mota de polvo rodando sobre aquel escenario cretácico, y recordé que la marisma que ahora atravesábamos era un enorme lago hace poco tiempo, el Lacus Ligustinos del que hablaba Avieno en su Ora maritima, el estuario del reino de Tartessos que llevaba las aguas del mar hasta Jerez y hasta la cornisa de Sevilla; e imaginé que caminábamos por el fondo de ese lago inmenso abierto al mar, en cuyas orillas vivió la civilización más enigmática del sur de Europa, y era como si hiciéramos un viaje subacuático sobre el lecho del estuario mientras llegaba la profunda noche, y todo parecía mágico e irreal.

Mi mujer y yo guardábamos silencio. Estábamos sobrecogidos, como estarían los pescadores ancestrales cuando amarraran sus balsas a la caída de la tarde. Sobreviene la noche, y los terrores innombrables, el día se despide con los colores incendiarios del horizonte, como un mensaje de dioses lejanos, como una gran fauce cuyo bostezo puede tragarse el mundo. Los pescadores se refugian en sus chozos y tiemblan de frío y de miedo, y rezan para que la noche pase pronto y comience el día.

Unos días más tarde fuimos al estudio de Garikoitz Cuevas. Nos enseñó las últimas series en las que estaba trabajando, nos explicó el rudimiento de esa técnica artesanal y compleja (décollage), con la que compone sus lienzos. Nos habló de los materiales sencillos con los que fabrica las texturas, las rugosidades y los distintos gradientes de la pintura… Pero nosotros sólo vimos el cielo, el mismo cielo inflamado que nos cayó sobre los ojos cuando cruzábamos la marisma del Bajo Guadalquivir, los oscuros, los claros, los colores sin nombre que se alineaban en el horizonte del mismo modo que las capas sobre las pinturas de Garikoitz.

Y en aquel estudio donde se percibían tantas horas de trabajo bajo la luz blanca de los reflectores, en aquel estudio donde había más instrumentos de obra y construcción que óleos de un viejo artista, allí mismo volvimos a sentir que nos envolvían el estuario primitivo y el cielo absoluto.

Quizá la función del arte sea precisamente ésa: la capacidad de conmover a partir del propio recuerdo. La evocación. Que aquel que contemple el lienzo deje de ver el lienzo y vea lo que en otro momento vio; que el lienzo no sea sino un espejo retrospectivo, un espejo cambiante y transformador de lo que ocurre dentro del que contempla. Los cuadros de Garikoitz Cuevas son mutables, cambian en cada instante y en cada ojo. Tan abigarrados, tan llenos de materia están que parece que el espectador pudiera sacar pedazos y moldearlos y construir con ellos su propia figura.

Hay un poema de José Agustín Goytisolo donde se habla de lo mismo. Goytisolo quiere definir el oficio del poeta, y asegura que todo comienza al: Contemplar las palabras / sobre el papel escritas, / medirlas, sopesar / su cuerpo en el conjunto / del poema. Es decir, el trabajo del poeta arranca con la manipulación de la materia, el estudio, la composición… Pero después el poeta tendrá que: Separarse a mirar / cómo la luz emerge / de la sutil texturaPorque todo se origina: Sobre la experiencia vivida, / sobre la historia, los deseos, / las pasiones del hombre. El poema termina diciendo que el pueblo ofrece la materia del canto, y que el poeta debe devolver: Las palabras reunidas a su auténtico dueño.

Goytisolo habla del origen de la poesía, y creo que las obras de Garikoitz Cuevas son concebidas desde el mismo punto de partida, también son un oficio poético. Pero en el caso de Cuevas no creo que sea el pueblo quien le ofrezca la materia, a pesar de que a veces busque piezas abandonadas en la basura o en almacenes viejos sobre las que intervenir como en un ready made dulcificado; no, Cuevas no devuelve las palabras a su dueño, sino que le devuelve el cielo al cielo, a la marisma le devuelve la marisma, y al bosque húmedo de la sierra le devuelve su misma humedad.

Y sin embargo en sus cuadros ni hay cielo, ni hay marisma ni hay bosque; en sus cuadros hay una reflexión honda sobre la construcción y la destrucción del color y la sustancia, y ocurre entonces que Garikoitz Cuevas, en su estudio de luces blancas y trabajo inmenso, acaba de recrear el cielo sin que el cielo existiera.

En su Diario de un poeta recién casado, la crónica poética que Juan Ramón Jiménez escribe de su viaje a Estados Unidos para casarse con Zenobia Camprubí, hay un poema en el que el autor, impresionado por la visión del mar, le habla al cielo diciéndole: Te tenía olvidado, / cielo, y no eras / más que un vago existir de luz. La presencia del océano es tan arrebatadora que Juan Ramón siente que sus ojos apenas pueden concebir el enigma absoluto del mar, y necesita volver al cielo para sentir la familiaridad de un elemento conocido. Al final del poema, el autor le dice que: Hoy te he mirado lentamente, / y te has ido levantando hasta tu nombre.

Un verso donde resuena la inquietud de dar un nombre exacto a cada cosa. En las pinturas de Cuevas se percibe una actitud semejante y muda: levantar la idea y la identidad de la materia, recuperar la realidad de lo que los ojos olvidan a partir de la descomposición y recomposición. Como si para entender el verdadero cielo, el cielo pesado y horizontal de la marisma en el crepúsculo, no nos sirviera el propio cielo de la mañana siguiente, sino que tuviéramos que verlo recreado, una vez más crepuscular, en el lienzo mutante de Garikoitz.

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