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Niños retratados: María Teresa Baladía por Ramon Casas

Artículo de Sergio Fuentes Milà, Dr. en Historia del Arte

8.11.16 — 18:21
Ramon Casas i Carbó, Retrato de Maria Teresa Baladia i Mestre, 1906, óleo sobre tela, 120 × 80 cm

La amistad de Ramon Casas con los Baladia es esencial para comprender esta obra de 1906. El artista fue llamado, en varias ocasiones, por Jaume Baladia y su tía Ramona Soler, para que realizara retratos de los miembros de la familia, principalmente los hijos del matrimonio entre Jaume Baladia i Soler (1868-1954) y Teresa Mestre i Climent (1869-1949), quien años más tarde pasaría a ser inspiración para la figura de “La Ben Plantada” de Eugeni d’Ors. Así, Casas captó primero la timidez e inocencia de Jaume Baladia i Mestre en un lienzo de 1902, y más adelante, en 1906, hizo lo mismo con su hermana: Maria Teresa Baladia i Mestre.[1] Este segundo retrato es el que centra la presente reseña. Además, la “tía Ramona” fue la protagonista de una tela de casi dos metros pintada en 1907. Ese mismo año, se dice que en secreto, el pintor retrató a Teresa Mestre, obra conservada en el Museu Nacional d’Art de Catalunya. Meses después, el artista acabó otro óleo con la misma modelo que sería expuesta en la Exposition Universelle de Bruxelles de 1910. También se han conservado varios retratos al carbón con Teresa Mestre de Baladia como protagonista, además de otros que son el resultado de los bocetos previos a algunas de las obras referenciadas. Con el episodio en cuestión y este tipo de retratos, se demuestra como todavía en esa época, Casas continuaba siendo el principal retratista de moda para la burguesía catalana.

En la obra en que se representa a la tía y matriarca de la familia Baladia, Ramona Soler d’Ausió [1907. Óleo sobre tela, 195 x 110 cm. Col.Priv.], el artista muestra un importante ejercicio de idealización respecto a la modelo. En este lienzo, Ramona trasmite un gesto amable, además de presentarse más bella que en la realidad. Sin duda, Casas sabía contentar a su clientela. El pintor utiliza la fórmula de retrato de cuerpo entero cuya silueta se recorta sobre un fondo informe y cromático cuyas pinceladas sueltas y poco homogéneas hacen que se divida en dos zonas. En la más oscura se recorta el rostro de la retratada, direccionando así la mirada del espectador a este foco de atención de la composición. La fórmula sigue composiciones velazqueñas, en las que la figura está captada desde un punto de vista bajo.[2]

Teresa Mestre de Baladia con sus tres hijos. La niña de pie y con el ramo de flores es Maria Teresa, protagonista del cuadro que presentamos a través de Sala Parés [Col.Priv.].

Años antes, Ramon Casas ya había retratado a dos de los tres hijos del matrimonio Baladia-Mestre. El primero de ellos fue a Jaume Baladia i Mestre en 1902. Esta obra [1902. Óleo sobre tela, 120,5 x 80 cm. Col.Priv.] fue la primera de la serie de retratos que el artista catalán dedicó a los miembros de la familia. En ella, aparece el joven ligeramente sentado en el filo de un sillón. Como se aprecia también en el retrato que centra esta reseña, Casas opta por simplificar con maestría cualquier complemento que aparece en la composición para, de este modo, concentrar la mirada del espectador en el punto central de la obra: el rostro del modelo. Así, la timidez de Jaume Baladia hijo es captada perfectamente por el pincel de Casas. Por otro lado, el sillón aparece como una excusa para crear profundidad en la composición y como soporte de la figura, recortada en un fondo indeterminado y cromático.

Esta obra, junto al Retrato de Maria Teresa Baladia i Mestre, son dos ejemplos de la destreza de Casas, quien siempre logró captar la calidez en los retratos de niños. Son obras que nos indican cómo el pintor catalán consiguió estandarizar esta tipología de retratos, con soluciones que reciclaría independientemente del modelo a representar. En todos los casos, el fondo siempre es utilizado por el artista como un espacio que sirve para poner en valor y resaltar las cualidades de la figura y la vestimenta. En obras anteriores como Magdalena García Carbó (c.1890), la Nena Sardá (c.1893) o Eliseta (c.1894-1895), ya venía experimentando con esas soluciones de fondos indeterminados y cromáticos, que tan solo sugieren elementos figurativos como pueden ser cortinajes, pasillos, mobiliario simplificado que es devorado por las masas cromáticas, etc. La tipología de los retratos infantiles en el corpus productivo de Ramon Casas es, sin duda, relevante. La facilidad por conseguir captar la inocencia y el tono amable de la infancia a través de niños concretos atrajo a gran parte de la burguesía catalana, cuyos miembros encargaron retratos de hijos y otros familiares al pintor. Así lo indica la experta en la obra de Casas, Isabel Coll Mirabent, quien además añade que “Casas – como también les pasó a Goya, Manet o Renoir – se sintió atraído por los retratos infantiles, sabiendo extraer de los modelos la dulzura de su inocencia”.[3]

Ramon Casas i Carbó, Retrato de la Nena Sardá, c.1893, óleo sobre tela, 92 × 48,5 cm

En la obra de 1906, la figura de Maria Teresa centra la composición con una posición poco espontánea.[4] El rostro ladeado y amable desvela una actitud de timidez y hasta incomodidad en la niña. A diferencia del retrato de Jaume Baladia, en éste la modelo conecta con una serie de complementos accesorios que generan profundidad al conjunto. El mueble con el ramo de flores con el que juega la niña es absorbido por el fondo indeterminado de la tela, creando así una diagonal en perspectiva hacia el tramo superior derecho de la obra que concluye con un fuerte toque de luz como si se tratara de un pasillo. Es un ejemplo del dominio pictórico de Casas, quien con pocos elementos y pinceladas estratégicamente dispuestas, logra efectos visuales, profundidad y planos que aportan mayor riqueza a una tela de encargo y compromiso, de entrada aburrida y poco abierta a la creatividad.

Uno de los atractivos del lienzo es la manera en que Ramon Casas insiste en los efectos lumínicos que se concentran sobre el traje blanco de la joven Baladia. Pese a esta solución plástica, no muestra una gran diversidad de matices a diferencia de otras pinturas. Sí trabaja más la textura en la parte superior del vestido: los hombros y los pliegues del cuellos, captados por el pintor con una pincelada suelta que alterna el blanco puro, con grises para el sombreado y blancos rotos matizados con toques de amarillo para insistir en esa incidencia de la luz sobre el ropaje.

También destaca la simplificación de los complementos para focalizar la atención del espectador en el rostro. Las margaritas del pelo de la niña son un detalle delicioso que se recorta sobre la cabellera de toques casi dorados. Este accesorio dialoga con el ramo de rosas de la mesita y sirve para insistir en la delicadeza e ingenuidad infantil de la modelo. El interés de lograr una actitud amable, relajada e infantil conjuntamente a la intención de lograr al máximo la fidelidad física de Maria Teresa, son dos rasgos apreciables en esta obra de Casas en las que el artista se luce como retratista de niños.

Sergio Fuentes Milà, Dr. en Historia del Arte



[1] Para saber más sobre la familia Baladia, véase: BALADIA, X., Abans que el temps ho esborri. Barcelona: La Magrana, 2010.

[2]COLL MIRABENT, I., Ramon Casas. Una vida dedicada al arte. Catálogo razonado de la obra pictórica. Murcia: De la Cierva Editores, 2002, p.367.

[3] Ibídem., p.254 [la traducció al català de l’original en castellà és nostra].

[4] COLL MIRABENT, I., Ramon Casas. Una vida dedicada a l’art. Catàleg raonat de l’obra pictòrica. Barcelona: El Centaure Groc, 1999, p. 359 [obra núm. 463].