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Actualidad

La magia de Ramon Calsina en Sala Parés

Artículo de Sergio Fuentes Milà, Dr. en Historia del Arte

8.03.17 — 16:49
Ramon Calsina, Abuela y nieta, 1988, óleo sobre tela, 100 × 80 cm

Ramon Calsina i Baró (1901-1992) es, sin duda, uno de los artistas del siglo XX más enigmáticos del núcleo barcelonés. Su interés radica en lo personal de su obra, fácilmente reconocible. Su producción destaca por lo sugerente de sus temas, por el sentido oculto y los mensajes abiertos que, como un juego o una adivinanza, se plantean y desafían al espectador. La sorpresa y la incomprensión inicial caracterizan la mayoría de obras de Calsina que, como si se tratara de enigmas crípticos o metáforas pintadas, se conforman a partir de composiciones en las que se alterna la estilización de lo representado y el uso de caricaturas e hipérboles pictóricas en un ambiente generalmente realista. Esa unión de recursos es la fórmula con la que Calsina construye la forma y el contenido de sus obras.

Los cuadros del artista que actualmente se custodian en Sala Parés, motivan plantearnos, en este breve artículo, la relación entre Ramon Calsina y nuestra galería, esbozando los momentos más representativos de su trayectoria bajo las cuatro columnas de Petritxol. El intermitente vínculo entre Parés y Calsina es equivalente a la intermitencia con la que el mercado del arte general acogió al artista del Poblenou. A pesar de valorar siempre su calidad como pintor, las temáticas, muchas veces incomprensibles e incómodas para el gran público, explican esa desconexión entre creador y mercado.

Ramon Calsina, El marchante y el cliente, 1978, dibujo en pluma, 14 × 22 cm

La primera vez que Calsina formó parte del programa de exposiciones de Sala Parés se sitúa en el inicio de la etapa Maragall, concretamente en 1930. A principios de ese año (del 18 al 31 de enero), el artista expuso algunas obras en la galería junto a Ramón Cortés Casanovas y al paisajista Vicenç Solé-Jorba. La producción de los tres pintores se mostró junto a la gran exposición de la sala principal de Pere Crèixams, quien, tras una de sus largas estancias en París, volvía a Barcelona como un artista triunfal que gozó de una gran acogida por parte del público. En cuanto a las creaciones de Calsina, éstas pasaron un tanto inadvertidas, eclipsadas por las de Crèixams, la mayoría de las cuales fueron vendidas durante la exhibición.

 

Tanto los dibujos como las pinturas expuestas por Calsina en enero de 1930 fueron el vivo ejemplo de la incomprensión del público hacia un pintor de gran calidad que dotaba a sus creaciones de un contenido en ocasiones enigmático y, por ello, accesible para pocos. Precisamente, como apuntamos, este juego de significados crípticos y mensajes abiertos construidos por la libre y personal interpretación del espectador a partir de los elementos simbólicos dispuestos en la composición, es una de las características clave de la obra de Calsina.

 

En relación a la citada muestra de Sala Parés, merece la pena rescatar las palabras que Rodríguez Codolá dedicó a estos cuadros y dibujos desde las páginas de La Vanguardia. Los definía como “anecdóticos y traviesos, donde cunde áspero humorismo, que hace de tales composiciones algo muy particularmente desorientador”.[1] Consideramos que la desorientación generada por lo oculto, lo desconocido y la sorpresa son la esencia y algunos de los atractivos del universo calsiniano.

 

Tiempo después y con motivo de las dos telas con las que Calsina participaba en el “Salón de Barcelona” de 1932 (Figura de mujer e Interior), Codolá tildaría la creatividad del artista del Poblenou como una “imaginación de pesadilla” y propia de un “satírico que rezuma crueldad”.[2] A pesar de las duras palabras, es ese tipo de inventiva generadora del lenguaje de Calsina la que le convierte en un artista absolutamente único, alejado de las modas y tendencias artísticas del momento, y siempre fiel a su planteamiento creativo personalísimo.

 

Un año después (1933), Ramon Calsina presentó su exposición individual más ambiciosa acogida en Sala Parés hasta la fecha (del 11 al 24 marzo). La muestra, esta vez en la sala principal, constaba de unas sesenta obras, la mayoría de ellas de grandes dimensiones (43 óleos, 17 dibujos y algunos proyectos para carteles). La acogida por parte del público paresiano fue tímida y la exposición pasó casi inadvertida en cuanto al ámbito comercial se refiere, con tan solo dos o tres cuadros vendidos. Dicha desconexión con la obra del artista del Poblenou se explica por las reflexiones planteadas anteriormente. Para definirla, Joan Anton Maragall i Noble utilizó el concepto de “realidad deformadora”. Éste es el aura que inunda los cuadros de Calsina y que, en la exposición de 1933 de Parés, se construía a partir de una “paleta oscura, triste y en ocasiones dramática”.[3]

Ramon Calsina, El violinista, 1929, óleo sobre tela, 81 × 66 cm - Esta obra formó parte de la e×posición de marzo de 1933 en Sala Parés.

No obstante, la crítica general fue positiva y personalidades como Folch i Torres o Carles Capdevila elogiaron la muestra de Calsina en Parés. Por el contrario, en las páginas de la revista El Be Negre, el impacto que causó en el público la exposición se recogía con la siguiente sátira: “Durante la primera semana de la actual exposición de Calsina en Sala Parés, se han registrado en el local de este acreditado establecimiento, tres ataques epilépticos, seis desmayos sin consecuencias, cuatro abortos y dos casos de meningitis. En vista de estos sucesos […] han solicitado la ayuda de una sección volante de la Cruz Roja y han instalado un botiquín en la trastienda. El causante de las desgracias sigue bien de salud”.[4]

Joan Anton Maragall sintió interés hacia la obra de Calsina desde el principio. Definió la muestra como “notable” y de gran calidad pictórica aunque reconociendo que, como otras de diferentes artistas, se tradujo en un desastre económico para la galería. Pese a la realidad comercial, el galerista intentó que Calsina pasara a formar parte de la lista de artistas promocionados desde Parés. Calsina se negó y, como resultado, limitó sus apariciones en la sala de la calle Petritxol a algún encargo puntual. “He velado para que, artísticamente, no se me empadrone ni en la calle de Petritxol ni en la del Consell de Cent”, afirmaba el propio Calsina en una entrevista en 1987.[5] Con esta decisión, el del Poblenou aseguraba su independencia artística, aunque, a su vez, perjudicaba su promoción profesional.

La actitud de respeto incondicional a su obra, independientemente de los gustos del público y de la mala acogida de sus cuadros en el mercado artístico barcelonés, explica la escasa o, incluso, inexistente evolución dentro su producción. Sobre esta cuestión, con motivo de la publicación de un volumen de 30 litografías de Calsina en 1956, el crítico Sebastià Gasch afirmaba: “[…] no es de ninguna época y, a su vez, de todas”.[6]

 

Los temas más recurrentes fueron aquellos que le generaban una emoción y un sentimiento profundos. La mayoría de ellos están vinculados a la infancia y a la relación entre madre e hijo. Calsina formula un sentimentalismo intimista salpicado de objetos simbólicos estrechamente relacionados con su infancia desarrollada en las calles del Poblenou y los alrededores de la Mar Bella. Esta es la esencia y la verdad de sus visiones pictóricas.

 

A través de sus lienzos se observan episodios infantiles con objetos imposibles u otros de la cotidianidad que aparecen en situaciones absurdas: volando, con luz propia, apareciendo entre fluorescencias espectrales, etc. La apariencia de cuadro simbólico o metáfora pintada es clave en Calsina. He aquí la dificultad con la que el espectador se encuentra al enfrentarse a una pintura de este artista. Se genera una desconexión entre cuadro y público donde el mensaje permanece velado e incluso oculto, incitando al espectador a interpretar el contenido haciendo uso y generando vínculos entre los diferentes elementos iconográficos del mundo calsiniano que aparecen en la composición.

 

Contrariamente a la realidad histórica que indicábamos donde las ventas del artista en el mercado artístico fueron limitadas, en la actualidad las obras de Calsina alcanzan cotizaciones importantes. La rareza y lo diferencial y curioso de esta producción artística del siglo XX justifica las cifras con las que se valoran estos cuadros. Más allá de la sorpresa y la incomprensión que suscitan las obras, la calidad de la pintura de Calsina es incuestionable. En su pintura el dominio del oficio es absoluto y, en el fondo, lo que más interesa al artista. Su maestría en utilizar el pincel para generar sensaciones y atmósferas imposibles de ensueño dentro del plano real lo hacen único. “Lo importante en pintura es crear una obra emotiva y fuerte, construida por todos los elementos necesarios para componer un cuadro”, afirmaba en 1966.[7] La rareza aludida, tan dura e injustamente criticada en otras décadas, es la magia de Calsina. Esa rareza es la que actúa sobre el espectador fuertemente, ejerciendo sobre él una fascinación creciente y, en ocasiones, hipnótica.

Ramon Calsina, Sorpresa, 1975, óleo sobre tela, 100 × 80 cm

Buen ejemplo de ello son las obras disponibles en Sala Parés. En Sorpresa de 1975, Calsina muestra algunos de los elementos habituales en sus lienzos: los globos aerostáticos y las estrellas. La presencia de los primeros se justifica por su infancia en el Poblenou. En las primeras décadas del siglo XX, en la Mar Bella se acogían concursos de aerostáticos y, por ello, estos aparatos se convirtieron en habituales y característicos del skyline del Poblenou en el que creció el joven Calsina. Es así que en sus cuadros, muchos de ellos presentados como ensoñaciones de la infancia y de sus años de adolescente, los globos hacen aparición fantasmal en dimensiones diversas y cambiantes, y forman parte de los discursos narrativos de las propias escenas.

En Sorpresa, una mujer se ve sorprendida por el descenso de uno de esos globos aerostáticos, acompañado de estrellas que le impresionan y parecen estar suspendidas en el aire, jugando con la protagonista boquiabierta como si fueran pompas de jabón. En el fondo de la composición, de un local sale otra mujer que, de manera hipnótica, parece mostrar su intención de unirse al extraño fenómeno y luchar por su estrella.

Como en toda la producción de Calsina, los efectos lumínicos de la obra están logrados a la perfección. La luz es utilizada por el artista para generar sensación de intimidad y misterio en las escenas absurdas e inverosímiles planteadas. Es la fórmula para lograr la emotividad que perseguía siempre en sus creaciones. La pentalfa voladora central ejerce de foco de luz de la composición, e ilumina a las dos damas sorprendidas, definiendo sus rostros y sus figuras.

Ramon Calsina, Abuela y nieta, 1988., óleo sobre tela, 100 × 80 cm

Mucho más interesante es la luz de Abuela y nieta. En esta obra, nace del horizonte del paisaje, aunque su foco permanece oculto por las dos figuras que se adentran hacia la inmensidad de la playa de la Mar Bella, que parece no tener fin. Calsina logra generar un sentimiento poético e íntimo en un espacio concreto, familiar y abierto. Su Poblenou natal, con la Torre de las Aguas de Pere Falqués presidiendo el paisaje, se plantea como un lugar desértico en el que caminan, hipnóticas y tambaleándose, la abuela y la nieta de la mano mostrando su vínculo eterno. Sus figuras se recortan en un exquisito juego de luces y sombras, en el que las fluorescencias azuladas que en ocasiones se tornan verdosas, definen lo representado.

Ramon Calsina, Mujer del abanico, óleo sobre tela, 100 × 80 cm

La sensación de espacio mágico es plasmada también en Mujer del abanico. Con soluciones lumínicas habituales del universo calsiniano, el artista retrata una mujer en un paisaje rural. El planteamiento de la obra es ciertamente zuloaguesco. La aldeana pasea por la campiña, adoptando un protagonismo excesivo que no le es propio por naturaleza. Lo adquiere por la mirada del pintor, por su arbitrariedad, porque él lo desea así. Su forma y corporeidad vuelven a estar definidas por toques de luz de foco indeterminado, con azules y fluorescencias mucho más sutiles que consiguen generar el misterio tanto en el ambiente como en la mujer, presentada como una heroína.

Tradición, ensoñación, realidad deformada por elementos y personajes absurdos que se disponen e interrelacionan en situaciones a priori incomprensibles, son algunos de los leitmotivs de la pintura de Calsina. Los cuadros disponibles en Sala Parés son una buena muestra de ello. En estas telas se presentan las principales líneas temáticas y los recursos más característicos de su obra. La emotividad y fuerza ansiadas por el artista del Poblenou son alcanzadas en estos lienzos, una muestra sensacional que, como si se tratara de un viaje iniciático, nos adentran en el universo calsiniano.

Ramon Calsina, Hacia Vacarisses, 1985, óleo sobre tela, 80 × 100 cm

Sergio Fuentes Milà, Dr. en Historia del Arte


[1] RODRÍGUEZ CODOLÁ, M., “Arte y Artistas”, La Vanguardia, 7 de febrero de 1930, p.4.

[2] RODRÍGUEZ CODOLÁ, M., “Arte y Artistas. Exposiciones”, La Vanguardia, 1 de julio de 1932, p.2.

[3] MARAGALL, J.A., Història de la Sala Parés. Barcelona: Selecta, 1975, p.235.

[4] El Be Negre, Año III, 92, 21 de marzo de 1933, p.4.

[5] SEMPRONIO, “Ramon Calsina”, La Vanguardia, 9 de junio de 1987, p.58.

[6] JARDÍ, E. y CALSINA, R. (fill), Calsina. Barcelona: Tecnograf, 1990, p.111.

[7] DEL ARCO, M., “Ramón Calsina”, La Vanguardia, 20 de enero de 1966, p.25.

 

Bibliografia general (selecció)

  • www.fundaciocalsina.org
  • FONTBONA, F., “Ramon Calsina: l’artista independent”, Serra d’Or. Portaveu del Chor Montserratí, 672, 2015, pp.32-38.
  • Calsina, tu i jo som germans (Exposició Centre Cultura Terrassa, del 30 d’octubre al 5 de desembre de 2014). Barcelona: Fundació Ramon Calsina, 2014.
  • Torna Calsina – 25 anys. Sant Cugat del Vallés: Sala Rusiñol, 2011.
  • Ramon Calsina: creador incondicional (Exposició Museu Deu, del 27 de març al 28 de juny de 2009). El Vendrell: Museu Deu, 2009.
  • R.Calsina i Baró (1901-1992) (Exposició homenatge, del 18 de gener al 5 de febrer de 1994). Barcelona: La Pinacoteca, 1993.
  • JARDÍ, E. i CALSINA, R. (fill), Calsina. Barcelona: Tecnograf, 1990.