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Ángel Marcos

Alrededor del sueño
01.10.15 — 10.11.15
Barcelona 9 Ed. 1/8 2015, Inkjet, 114 × 89 cm
Barcelona 5 Ed. 1/8 2015, Inkjet, 40 × 60 cm
Barcelona 6 Ed. 1/8 2015, Inkjet, 40 × 60 cm

Ángel Marcos

Alrededor del sueño

Ángel Marcos en/y Barcelona

Con qué viva ilusión esperamos la exposición de Ángel Marcos en Barcelona y sobre Barcelona, después que él hubiera pisado durante dos meses seguidos el campo y la llanura, las lindes y la profundidad, para ver y recorrer, para analizar, captar y hacer ver una realidad a la altura del ojo, puesta de pie; es decir, a la altura de la mirada que piensa y del pensamiento que mira. Actualmente, en Barcelona, nos encontramos en un marco histórico singular, tras una votación democrática de gran trascendencia sobre las relaciones entre la ciudadanía catalana y el Estado español, y en pleno tránsito de personas de Oriente Medio y de África que huyen masivamente de las guerras y la violencia hacia Europa. Pero no es la narratividad de la historia lo que interesa a un fotógrafo no reportero, sino la política de las imágenes.

La mirada crítica es fundadora de la obra de arte. La crítica, que era consustancial con la política, y considerada anatema en el periodo de las verdades religiosas, se ha convertido en un eslogan publicitario para comprar la oscilación del voto político. Resta, en el paso hacia la sociedad del conocimiento –que traspasa la producción de objetos de consumo material a lecturas abiertas e hipótesis inéditas en disciplinas diversas–, como espacio crítico para la creatividad. Ángel Marcos es uno de los fotógrafos que mejor ha sabido analizar el “punto muerto” y el “punto doble” de la realidad en su relación con el arte, y viceversa, sin caer en la pura descripción del documento o en la retórica hinchada de construcciones desmochadas o amaneradas por el propio lenguaje. El fotógrafo artesano y el fotógrafo artista han sabido mantener un diálogo como pocos entre la realidad y la física de la historia: la fotografía como realidad y la realidad como constructora de la fotografía.

La dialéctica Marcos presenta combate sin síntesis en un espacio, aparentemente externo pero fuertemente comprometido con la biografía ética del que mira y da, y un tiempo fuera del tiempo del instante y fuera del tiempo concluido. Ni un tiempo acelerado ni un tiempo obturado: un tiempo para que la reflexión transite en él. La experiencia de este prosista infatigable –el arte en los pies– y de reducidas frases líricas –el campo de visión en una sola hoja– se ensancha hacia un nuevo itinerario y un nuevo campo de trabajo: Barcelona. Nuestro fotógrafo trabaja como los pintores románticos que se enriscaban por paisajes inéditos a fin de pintar un trozo de naturaleza equivalente a su alma. Es en la aspiración de la ciudad, como lo era en abstracto la fusión entre arte y naturaleza, en la crítica del lugar, donde Marcos encuentra el ideal de la fotografía: su creatividad epistemológica.

La estética y la política de Marcos explicitan siempre un espacio de contrastes: un dualismo dialéctico, propio del Barroco, donde dialogan por oposición la luz y la oscuridad, la racionalidad y la espontaneidad natural, el oro y la putrefacción, el dogma y la inquisición, la arquitectura de élite y el falso techo. Las vanguardias aportaron un modelo de lucha en el orden estético, de ruptura con lo obsoleto. Nunca hubiéramos imaginado que en los albores de la Postmodernidad y el cruce de estilos –son los treinta años y pico que lleva Marcos trabajando en su investigación– veríamos el deseo convertido tan pronto en eslogan político y en publicidad hedonista, y que el anhelo acabaría desapareciendo como signo de vida para transformarse en un cuerpo textual agónico y en un paisaje que ha expulsado las formas de la vida cotidiana. Este cuerpo social despersonalizado en la masa y convertido en objeto de valor y de consumo, y de voto, ha dejado de ser un sujeto moral. En esta metamorfosis de la globalización, el indígena se convierte en indigente; el mafioso internacional, en productor local; el viajero, en turista; el lector, en dato de la cultura de espectáculo. La cifra, que era signo e idea para comprender los enigmas que transformaban el caos en orden, ha perdido el valor de ser lectura (el mundo convertido en texto) y pasa a constituir las células del “superhumanocibernético” consumidor. Sin embargo, Marcos, consciente de la gravedad implosiva de la situación social, no ha pretendido documentar este tránsito desde los medios propios de la cultura de masas y su preeminencia en el discurso teopolítico, sino que, más bien cerca del filósofo y del lingüista, ha procurado una experiencia en la que lo sensible revele al alma las tensiones con una lengua que nos escribe para ser leída, pensada, activada. El rigor analítico de sus contrapuntos y el orden de la secuencia de sus análisis no pierden en ningún momento el sentido radical de una obra artística en que belleza y crítica desplazan deseo y consumo, engaño y alienación. La mirada de Marcos es la de un solitario humanista en un mundo despoblado que trabaja solo con la capacidad lírica y objetiva de la máquina de fotografiar sobre ciudades objetivadas por la creación humana de su paisaje y de su lenguaje. Los límites, entre y entre. A prueba de lucidez.

Nuestro cerebro blando y permeable solo puede retener unas cuantas imágenes, tan pocas, que, incluso, da la sensación de que son mucho menos que el breve número de palabras que combinamos en las diversas frases del lenguaje oral. A la imagen, le ha sido concedida la propiedad del impacto. Todos retenemos de forma selectiva una serie de imágenes fijas y en movimiento, que vendrían a constituir nuestro pozo de memoria. Un almacén inferior, sin duda, a la prótesis de nuestros aparatos archivísticos y, por supuesto, insignificante al lado de la capacidad y ligereza de la anónima nube. De las fotografías que siempre me vienen a la mente dentro de lo que podríamos llamar una “selección del museo para una biografía externa”, esto es para una curatoría, hay bastantes de Ángel Marcos. Me referiré, por poner un ejemplo, a la imagen mostrada en una caja de luz, de la serie Obra póstuma, la núm. 11 de 1999, en la que la fotografía de un sacerdote, con el traje de ceremonia y las manos abiertas, está desplegada y encuadrada en gran formato delante del altar mayor de una iglesia y ante dos hileras de feligreses captados de espalda, sentados, quietos, en silencio y en la sombra. La persuasión que la distingue es el resultado de haber sobrepuesto dos imágenes: la del fondo, una iglesia, lugar donde se rinde culto a creencias de fe, dogmas e iconos religiosos jerarquizados y antropomorfizados aquí no visibles; y encima, fotografiada –no pintada ni esculpida– la fotografía del mediador, del intermediario entre el mundo divino y el humano, entre el público ausente y el que mira, el fotógrafo o el espectador. Sin duda, el sacerdote o predicador está más cerca del crítico de arte que el artesano que fabrica imágenes. Lo que me choca de la fotografía de Ángel Marcos es que hubiera hecho la fotografía de una fotografía dos veces, convirtiéndola así en una fotografía que dice más que la fotografía; esto es, una fotografía real y una fotografía construida al mismo tiempo. Con esta acción y resultado, Marcos –en plena crisis de la fotografía como documento y en su paso hacia la fotografía construida o deconstruida o analógica o postfotografía, etc. o en cualquiera de los pasos que la fotografía ha adquirido como lenguaje posible en la generosidad crítica y hedonista de la Postmodernidad– ha podido mantener los atributos disciplinarios de la fotografía y, a la vez, su indisciplina o transgresión. Es así que Marcos se despide del siglo XX, el siglo de la fotografía y de la imagen.

Marcos ha transitado con una metodología similar por una estructura paralela al pensamiento crítico de la filosofía social y los hitos estéticos de su tiempo. Dos han sido los grandes tempus o períodos, precedidos de un epígrafe doble, y otros, como Rabo de lagartija y L’intima sovversione, en bifurcación y desarrollo espacial. Es el ritmo de la estructura de un buen libro de poemas o de ensayo de éste, por otra parte, cuidadosísimo fotógrafo de libros de fotografía.

Tras unos primeros trabajos sobre las disimetrías de las parejas humanas, en Estampas personales –donde escenifica la imagen–, Marcos relata, primeramente, a través de los Paisajes, la vastedad del paisaje de Castilla reconvirtiéndolo en el plano de una naturaleza muerta, lugar donde habitan la muerte y la soledad. En ellos se percibe la sequedad de la memoria afectiva, la sequedad de la fotografía, y fija así, en la tierra natal, la identidad estilística con sobriedad. He aquí una identidad metafísica de una poética hacia el vacío y de una política hacia el análisis de contrarios.

En Los bienaventurados desplaza el paisaje hacia interiores sin contexto y la desolación hacia el objeto lírico o la persona en el lamento. La caja externa contiene un gran vacío existencial y lo llena de la locura extrema, desatada, como si fuera un lenguaje visual onomatopéyico. Del lugar a la construcción. En Obras póstumas, hace entrar la fotografía como contrapunto de la realidad en la fotografía, dejando que, en el combate imagen contra imagen, la doble realidad fotográfica se convierta en un juego visual y conceptual, como lo fueron en la educación moderna la ciencia recreativa e ilustrada a principios del siglo XX, y éstas en la clausura del siglo. De la construcción, a la identidad desplazada; del no lugar, al no nadie. En La Chute –el vacío interpersonal como alegoría del tedio interior– retoma los desencuentros de la vida doméstica como paso previo a un cierto abandono de lo personal para pasar a interrogarse sobre la resituación del afán, del deseo, del espejismo. Se encontrará de frente con la confrontación y el aniquilamiento.

En la gran serie en curso Alrededor del sueño focaliza el traspaso del lugar a ciudades definidas por su expansión metonímica. En Nueva York, una serie de conceptos universales de la ciudad-estado –amalgama de realidades y deseos, de tránsitos y choques, de construcción y escombros– son “cristalografiados” entre el perfil urbano, visto desde el páramo periférico, y el lenguaje hedonista de la publicidad, visto desde la ausencia de receptor. Los tótems arquitectónicos del progreso racionalista se encaran al individuo como sujeto identificado como ficha. En Cuba, el lenguaje de la publicidad se traspasa al eslogan publicitario revolucionario y su fracaso se funde con la belleza de los escombros/cascotes de la revolución a través de la piel de casas y calles. Con un cierto paroxismo, la subserie Un coup de dés, en Las Vegas, culmina la reflexión sobre el lenguaje con un muro de tipografías kitsch sobre el dinero, el consumo y el juego. En China, no hay fusión, sino distancia abismal entre construcción arquitectónica y vida arquetípica, o entre modernidad y tradición, o entre racionalismo urbanístico y vida humana. Es una serie brillante, intensa y sistemática, que desglosa un itinerario visual y lingüístico de una de las miradas más universales y más bien estructuradas que ha dado la cultura de la imagen en el análisis de las ideas políticas. Trabajador infatigable, recientemente, no se si concluyendo el ciclo o abriendo uno nuevo, en Madrid, los iconos de la capital, del capitalismo y la excedencia de imágenes levantan como una Gran Torre del Poder, un exterior que se enrosca como interior.

La Galeria Trama y la Sala Parés presentan en Barcelona –como prólogo, deseamos, de una gran exposición en un espacio público y museográfico de la ciudad– la elección y la mirada de Ángel Marcos sobre Barcelona; una ciudad demasiado a menudo vista solo desde dentro y desde una tradición que va de Català-Roca y Gomis a Maspons, Colita, Miserachs, Pomés y Rivas, y de éstos a la generación de Marcos, Laguillo, Esclusa o Freixa y hasta la fecha. Una mirada alejada del día a día que se ha visto complementada por fotógrafos como Man Ray, Lloyd, Capa, Collins y tantos otros. Ángel Marcos forma parte del punto de vista externo y ofrece un contrapunto que deseamos original y universal. Después de todo, somos sujetos ideológicos susceptibles de ser observados y transformados, y somos sujetos “económicos”, como decía Gramsci, del lector y difusor. Deseo a Marcos que la sociedad catalana responda a sus ideas expuestas en sus imágenes y aquí analizadas, y que algunas de sus obras resten aquí adquiridas; y que gane la difusión que merece en una sociedad que ama la cultura y el humanismo, la identidad y el progreso, la crítica y la creatividad.

En la serie sobre Barcelona incorpora, como rasgo estilístico diferencial, la presencia de la figura humana vista como colectividad fusionada en el concepto de “masa”. A la vez, y en el otro extremo, se acentúan las dualidades dialécticas (patrimonio y catenaria, obra y envoltura etc.), haciendo más presente el callejón sin salida en la historia. Ya no valen las verdades a medias: lo que en la Posmodernidad fue lugar de diálogo, donde las distancias se unían en la metáfora, ha acabado siendo un paso cerrado. Obra y marco histórico, este sí, se reencuentran.

Con el deseo de ver la exposición completa y hacer la lectura sintética, debo cerrar la antesala del texto que seguirá. Me consta que veremos una mirada sobre el turismo como mercancía, la connivencia de la ciudad con la arquitectura que usurpa el símbolo a la gente, los rastros de los excluidos y la destrucción en el ensanchamiento del núcleo urbano, la representación del poder político, económico, religioso y civil, el arte como desplazado, y su contraste entre la sutileza obsesiva de la luz y el mar frente a esta multitud de gente confundida en la masa y la velocidad.

La lucidez crítica sobre las estructuras de poder y de lenguaje, y sobre la belleza al mismo tiempo, que nos ofrece este gran artista que es Ángel Marcos, fuerza al espectador a la reflexión. Sus obras producen en un principio un impacto tal que sustituye las imágenes desnudas y tópicas archivadas por nuestro cerebro a causa de la presión del sistema alienante de la cultura de masas y la ingeniería técnica y publicitaria de la política. El sujeto lírico puede ser un sujeto histórico, al igual que la fotografía puede ser un sujeto crítico y creativo.

 

 

Vicenç Altaió, septiembre de 2015

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