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NO ERA EL SOL

02.03.17 — 04.04.17
Quality check 2017, óleo sobre tela, 117 × 90 cm
Ella 2017, óleo sobre tela, 130 × 100 cm
El triomf de la derrota 2017, óleo sobre tela, 100 × 100 cm
Alfacar, Granada 2017, óleo sobre tela, 100 × 130 cm
Platja de la Mediterrània 2016, óleo sobre tela, 33 × 60 cm
Com una película 2016, óleo sobre tela, 80 × 100 cm
Rivesaltes 2016, óleo sobre tela, 70 × 100 cm
El refugi abandonat de Lúa 2016, óleo sobre tela, 81 × 130 cm
Marina 2016, óleo sobre tela, 89 × 146 cm
Paisatge amb bossa 2015, óleo sobre tela, 25 × 25 cm
Passos fronterers de l'exili: Coll de Malrem 2014, óleo sobre tela, 90 × 146 cm
Maremortum I 2016, óleo sobre tela, 100 × 100 cm
Fugida (Horitzó III) 2017, óleo sobre tela, 50 × 70 cm
Fugida (Horitzó IV) 2017, óleo sobre tela, 70 × 50 cm
Amb fum 2016, óleo sobre tela, 100 × 100 cm
Crack 2017, óleo sobre tela, 150 × 120 cm
Sobre el mar de núvols 2017, óleo sobre tela, 150 × 120 cm
Maremortum III 2016-17, óleo sobre tela, 163 × 163 cm
La ruïna i l'ombra IV 2016, óleo sobre tela, 65 × 92 cm
Encallat 2016, óleo sobre tela, 60 × 92 cm
Allá donde las playas rotas nos muestran el cielo 2017, óleo sobre tela, 145 × 180 cm
(In)refugi 2016, óleo sobre tela, 60 × 81 cm
Camp 2015, óleo sobre tela, 100 × 100 cm
Caigut i creients 2015, óleo sobre tela, 38 × 61 cm
Fugida VIII 2015, óleo sobre tela, 46 × 60 cm
Fins a la barbeta 2017, óleo sobre tela, 100 × 70 cm

NO ERA EL SOL

No era el sol

A veces es suficiente con añadir algo a una imagen para que lo que vemos como un paisaje se convierta en un escenario y no en la representación de la ilusión de quien lo está contemplando. De modo que hablar de escala frente a un paisaje sería como hablar de la distancia que separa el espectador de la imagen. Y hablar de la distancia entre quien mira y lo que ve sería hablar de intromisión en un relato interminable.

Porque la pintura no tiene fin. Y, sin embargo, invita a acercarse.

Dice Marco Noris que, para él, la pintura -en especial, la pintura al óleo- es el lenguaje que mejor le permite intimar con lo emocional sin descuidar lo intelectual. También dice que es el lenguaje que, gracias a sus códigos visuales tradicionales, le permite penetrar en la conciencia del espectador haciéndole bascular entre el presagio y el duelo. Una distorsión temporal -sigue diciendo- poblada de escenarios post-apocalípticos, ruinas del pasado, anuncios de desastres futuros y memorias de tragedias que se confunden y entrelazan conformando una suerte de genealogía de la catástrofe. Un estudio del devenir humano que, lejos de celebraciones y lamentos nostálgicos, nos habla de ese camino íntimo y colectivo de aceptación y expiación en cuyo centro siempre se halla quien no es dueño de su destino: el espectador. Solo. Frente a su mortalidad.

O como lo llama Noris: el triunfo de la derrota.

Centrada en el deseo de insinuar y no tanto en el de describir lo que, a ojos de quien contempla, se alza como un ejercicio de introspección en torno a argumentos tan amplios, sentidos y reflexivos como la memoria, el olvido, la ausencia y la espera, la obra de Noris es una suerte de bálsamo que, invocando una más que necesaria suspensión del tiempo, permite que todo pase porque en ella todo se eterniza, se alarga, espera y deja. Se trata de una decisión que, ubicando al margen del ajetreo y el ruido a quien se sitúa frente a su obra, permite conectar con esa parte del ser que se pregunta qué hay detrás de la estrecha realidad que vemos porque sabe que es detrás de lo que nos ciega donde realmente deberíamos indagar.

Y es que más allá del velo que impide la visión se puede hallar la razón por la que todos estamos aquí.

La exposición que, bajo el título No era el sol, reúne buena parte de la producción de Noris desarrollada en torno a la desaparición en las fosas comunes, la crueldad de las fronteras, la guerra civil, el exilio y el desarraigo así como a cuestiones de contenido medioambiental -en tanto que metáforas de nuestras ruinas material y moral- o a lecturas de calado más introspectivo como primer e ineludible paso hacia la aceptación de la negación y la sombra para hacer frente a la escalada tecnológica, el exceso de consumo y el entretenimiento que a todos nos ciega, es una suerte de sumidero conceptual concebido no tanto para acabar con la especie humana si no para demostrar que después de lo que parecía que era el sol no venía la noche del descanso sino el deseo de hallar una luz al margen de la impaciencia. Es decir, al margen de nosotros mismos. Es por ello que, más que un viaje hacia el exterior y a través de territorios por los que todo está construido, lo que propone Noris es un viaje hacia el interior de cada uno por el camino de sus pinceladas al óleo, la superficie de unos lienzos, las capas y capas de cartón desechado, las dimensiones de un cuadro y los pasos que deberíamos seguir para despegar de este maldito mundo, recuperar la esencia del ser humano, tomar consciencia de nuestra identidad, revitalizar nuestros valores y verlo todo a esa distancia que permite entender la pintura, su pintura, también como una cuestión de escala.

 

Frederic Montornés

Febrero 2017

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