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Ruth Morán

Habitar el Espacio. Más allá del límite
26.09.18 — 23.10.18
Signo y destello , Vinyl tempera, ink and gouache on paper, 150 × 100 cm
Espacio vegetal, Mixed on paper, 180×140cm
Signo y destello, Mixed on paper, 180×152cm
Expansión, Mixed on paper, 140×100cm
Signo y destello, Mixed on paper, 192×140cm
Figura 3 , Ceramic, 12×9×16cm
Figura 5, Ceramic, 10×13×12cm
Figura 4, Ceramic, 26×9×12cm
Plato 4, Ceramic, 33,5 cm

Ruth Morán

Habitar el Espacio. Más allá del límite

Desde la huella del ser: lenguaje y conocimiento

El lenguaje es la estructura mediante la que establecemos una comunicación. Un diálogo que busca conocimiento. Establecemos un vínculo no solo con algo externo, también con esa parte de uno mismo que puede permanecer inconsciente. Algo cercano a la creación, a esa fuerza primigenia que una vez y otra nos atrapa en su propio quehacer y que se expande más allá de nosotros mismos viniendo a representar la presencia del ser en el mundo.

Contemplar el trabajo de Ruth Morán es asistir en un doble sentido a este ejercicio. No solo porque como en cualquier práctica artística esté implícita esta naturaleza epistemológica, sino porque en su caso, lo asume como metodología diaria intrínseca a su trabajo. Ruth Morán afronta el material a partir de un diálogo con el espacio, para, desde ahí, ir perforando mediante la línea,  el punto o la hendidura, la superficie que tiene delante. Una y otra vez, sin cese.

Mórán hace años que sesga el papel con su gesto, una acción que se despliega en el espacio mediante sus propios símbolos, signos mínimos que reaparecen una y otra vez cargados de una fuerza atávica. Los (sus) elementos vienen a ser una especie de partículas mínimas, una suma infinita de, como decíamos, puntos, líneas o hendiduras, que, si queremos, poco aportan en solitario. Su fuerza nace de una comunión propiciada por el espacio en el que se encuentran. Esto es, la superficie del papel o, como en esta ocasión presenta por vez primera, la de la cerámica.

Las composiciones de Ruth Morán son portadoras de memorias  y procesos vitales, una suma de experiencias individuales y colectivas, que fluyen a modo de metáfora de nuestra contemporaneidad. Destellos que iluminan al blanco o el negro señalando hacia ese estado del ser en el mundo.

Trabajar con todo aquello que yace fuera de la tela, con todo lo que no se ve. Establecer un diálogo constante con el paisaje que circunscribe sus trazos. Un paisaje que no apela sólo al que ella construye, sino que crea un conjunto de signos para representar aquel que no puede ser representado, de ahí que vuelva una y otra vez, que repita la acción de trazar, que permita que su gesto genere un nuevo conjunto de signos. A la vez, como bien muestra a través de la serie perforaciones, para la que realiza incisiones, cesuras, crea un paisaje que se construye tras múltiple hendiduras. Papeles perforados mediante los que empieza a crear espacios fuera de la propia composición. Construye no un espacio, sino sobre el espacio, jugando con la luz y la sombra, permitiendo que sus líneas, que en series como las gravitaciones o las psicografías se esparcen y recorren por toda la composición, se construyan ahora sólo con el diálogo directo de la luz  fuera del marco de la composición. Líneas que surgen del orificio del papel y se proyectan en el espacio hasta tocar el suelo. Líneas que marcan, unas tras otras, recorridos imposibles, tejiendo hilos invisible que acuñan nuevos paisajes.

En esta ocasión, Morán se abre a un nuevo universo y nos descubre nuevos interrogantes a través de la cerámica. De algún modo era un paso necesario si atendemos a su investigación en torno al espacio. Si paulatinamente ha ido experimentando con diferentes signos que ya apuntaban a esa necesidad de salir fuera de la superficie bidimensional e incluso llegó a ocupar físicamente el espacio que rodea a sus dibujos mediante la proyección de la luz, en esta ocasión, se abre directamente al lugar que ocupa un cuerpo en el espacio. Un cuerpo físico, un volumen que no deja de contener esos signos que apelan al ser humano y a su presencia.

Sus cerámicas nos remiten a toda una tradición en la que ese rastro sígnico es huella en mayúsculas, es superficie que asume una impresión directa de sus manos, rememorando esa naturaleza orgánica, que no pierde la potencia comunicativa del lenguaje pero sí, la verbal. Morán no solo se sumerge en un nuevo material sino que permite volver a un grado cero en cuanto a comunicación. Deja a un lado el signo gráfico (punto o línea) e impregna esa cerámica de sus huellas digitales. Reivindicando desde una radicalidad absoluta, la necesidad del roce y el tacto. No es casualidad que cuando contemplamos algunos de sus trabajos bidimensionales éstos nos devuelvan esa relación a escala de nosotros con el mundo. Con sus nuevos trabajos pensamos en esos estadios en suspensión que nos sitúan, de nuevo, abiertos y desprotegidos, predispuestos a tocar y ser tocados. Nos permiten ser conscientes de un cuerpo, el nuestro, que es.

Si por un lado algunas de sus cerámicas nos remiten a artistas como Eva Hesse o Rosa Amorós, por otro, nos dirigen al pensamiento de Jean-Luc Nancy:

“El cuerpo es la experiencia de tocar indefinidamente lo intocable, pero en el sentido en que lo intocable no es nada que esté detrás, ni un interior o un adentro, ni una masa, ni un Dios. Lo intocable es que eso toca. También se puede emplear otra palabra para decir esto: lo que se toca, eso por lo que se es tocado, es el orden de la emoción. Emoción es para nosotros una palabra muy debilitada, pero emoción quiere decir: puesto en movimiento, puesto en marcha, sacudido, afectado, herido. Se puede añadir otra palabra, conmoción. La conmoción es el ser puesto en movimiento con.”

Asistir a este nuevo proyecto es constatar una reflexión que la acompaña desde hace años. Es ser testimonio del recorrido que ella ha ido elaborando y que ahora nos ofrece. Pasar de un espacio bidimensional a un diálogo directo con la materia, sin olvidar ese diálogo constante que acecha al conocimiento. El conjunto de la exposición remite sin lugar a dudas al lugar que cada uno de nosotros ocupa en el mundo y, sobre todo, reivindica y evidencia la relación que establecemos con él. Es decir, desde dónde, de qué modo y a partir de qué exposición (en este caso la que cada uno ofrece) nos relacionamos con nuestro entorno.

Imma Prieto
Barcelona, agosto 2018

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