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Miquel Vilà

Barcelona, 1940
Espai BCN I, óleo sobre madera, 30 × 30 cm

Acerca del artista

Con motivo de su setenta y cinco aniversario, la Sala Parés acoge una amplia exposición retrospectiva de Miquel Vilà, uno de los artistas catalanes más singulares de estos últimos cuarenta años. ¿Qué entendemos, sin embargo, por singular? Alguien dotado de una fuerte personalidad, alguien que en todo momento ha propiciado un crecimiento óptimo de su obra, y alguien provisto de una gran fe en su oficio. Personalidad, crecimiento, fe. Pero, quizás, por encima de todo Miquel Vilà ha sido alguien capaz de crear un imaginario propio, y entonces ya estamos hablando de talento.

De un talento insobornable y perseverante, como nos lo demuestra la exposición que presentamos, y que recoge de manera sintética una trayectoria de casi medio siglo: desde algunas de aquellas primeras obras –entre surrealistas y deudoras del arte pop– que expuso en 1968 en las galerías Ianua (Barcelona) o Pecanins (México), o en 1969 en L’Agrifoglio (Milán) y en The Mande Kerns Center (Eugene, Oregon), hasta una serie de cuadros pintados estos últimos años en su estudio de Barcelona o de Mahón, en que su obra parece haber alcanzado un grado de condensación extrema. Bodegones mínimos, paisajes sin anécdota: pura plástica.

Es, pues, una exposición que tanto el artista como la Sala Parés –su galería desde 1990– nos debían, y lo primero que debemos hacer es celebrarlo como es debido. No es aún la gran retrospectiva que Miquel Vilà se merece, pero quizá sea el preámbulo. Y, en cualquier caso, la elección de estas aproximadamente sesenta obras funciona no solo como un auténtico compendio de motivos y géneros sino como una excelente puerta de entrada a su mundo. Según como se mire, es un formato de exposición poco frecuente –como el equivalente de una antología poética–, pero muy útil y sugerente para acercar la obra de nuestros clásicos modernos a las nuevas generaciones y darnos, a los demás, la oportunidad de hacer un viaje exprés por toda su trayectoria.

Aparentemente, la obra de Miquel Vilà es la de un outsider, la de alguien que parece haberse movido por los márgenes de las corrientes principales del arte de nuestro tiempo. Pero, bien mirado, no es ni de lejos lo que parece: si hay un pintor culto, viajado y leído, es él. Un pintor, además, dotado de un elevado grado de autoconciencia. La gracia de todo esto es que le ha hecho sumamente independiente: como suele ocurrir en estos casos, él ha elegido a sus predecesores –las afinidades que por algo se llaman electivas– y no ha dejado de dialogar nunca con ellos. En lugar de las vías francesa o norteamericana, mucho más trilladas, él ha preferido transitar sobre todo por la italiana. Así, pues, es con algunos de los principales pintores del Novecento con quien más ha conversado desde mediados de los años setenta, cuando su obra encuentra su propio tono: Carrà, Sironi o De Pisis, por citar unos cuantos, pero no los únicos.

Por lo tanto, contra lo que pueda parecer, no hemos de ver la obra de Vilà como la expresión más o menos melancólica de un soliloquio sino todo lo contrario. Si antes hablábamos de algunos pintores italianos, ahora toca añadir a sus compañeros de generación: Josep Vives Campomar, Xavier Serra de Rivera y Francesc Artigau son quizás aquellos con quien ha mantenido una relación más fértil, lo que a menudo se ha traducido en exposiciones conjuntas. Todos ellos forman parte de la llamada Generación de los sesenta, una de las más invisibles en nuestros museos públicos (dicho sea de paso).

Sea como sea, sus cuadros se reconocen –casi siempre– enseguida: suele haber una “atmósfera Vilà”, como dijo Francesc Fontbona en el prólogo del Catálogo razonado (2004) de nuestro artista, que emerge en cada obra y termina configurando un mundo. Un mundo de referencias tanto externas como internas: aparentemente, encontramos unos mismos motivos o “pre-textos”, pero tanto o más que su materialidad visible y reconocible nos importa el punto de vista desde el que son observados o, mejor dicho, presentados.

Una perspectiva siempre de lo más subjetiva y fecunda, a menudo incluso turbadora: la fisicidad de sus paisajes –industriales o naturales– suele cristalizar en un mundo de una cierta irrealidad, de la misma manera que los objetos que habitan sus bodegones están casi siempre en fuera de juego –fuera de lugar–, pero por eso mismo crean unos campos magnéticos del todo inesperados. La subversión de lo real, he aquí el lema que preside implícitamente gran parte de su obra.

Ahora bien, ¿de dónde le viene esa luz que alguien no dudó en emparentar con la de Nonell? Una luz dramática, de atardecer otoñal. Una luz interior, untuosa, aceitosa, que parece resbalar por la piel de los objetos, o de los mismos paisajes. Una luz fluorescente, como de final de ciclo. Que subraya, sotto voce, la soledad de las cosas y el alejamiento respecto de los paisajes que nos rodean, tanto los industriales –ya desaparecidos– como los naturales, hacia los que tiende cada vez más. Una luz que, probablemente, es la máxima conquista del artista y, a la vez, una señal de su inequívoca soledad. Y es que, como dijo Jordi Gabarró, «Miquel Vilà simboliza perfectamente esta lucha de los grandes pintores actuales contra la muerte de la pintura».

Espai BCN II, óleo sobre madera, 30 × 30 cm
Al nord, óleo sobre madera, 30 × 30 cm
Espai BCN III, óleo sobre madera, 30 × 30 cm
Bodegó I, óleo sobre madera, 40 × 40 cm
Bodegó III, óleo sobre madera, 40 × 40 cm
Esbós de paradís perdut, óleo sobre cartón, 27 × 35 cm
Paisatge, óleo sobre tela, 50 × 61 cm
Figura en un paisatge, óleo sobre tela, 65 × 54 cm
Ullastres, óleo sobre cartón, 50 × 61 cm
Parc de Montjuïc, óleo sobre tela, 38 × 46 cm
Albert Vidal Joan Vila Grau
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